Suena la alarma y comienza el ritmo frenético de cada mañana, el desayuno, el aseo, todo preparado y salimos a la calle a cumplir con las responsabilidades establecidas de cada día.

Tras la jornada realizamos un parón para almorzar y casi sin saborear el alimento, volvemos a salir a actividades extraescolares al trabajo, a hacer varias gestiones a supervisar la tarea y más tarde el baño, la cena y de nuevo a descansar. Por supuesto este día a día contestamos al móvil, respondemos a grupos vemos videos y mensajes que nos mandan sin darlos cuenta que esto nos aleja cada día de la personas que tenemos al lado .Vivimos en una sociedad distraída digitalmente que cría a una generación, a un infancia que recordara a sus padres y madres como personas pegadas a una pantalla, a las que tienen que coger de la cara para poder contarles algo.
Los días, las semanas, los meses e incluso los años pasan y estamos continuamente intentando llegar no sabemos dónde, pasamos por la vida sin disfrutar de ella.
Pero un día de repente todo para en seco, no entendemos nada eso que estaba pasando en China y en Italia, eso que parecía tan lejano. Está aquí entre la ciudadanía, entre nosotros y nos ha cogido de repente, nos ha atropellado y prácticamente sin asimilarlo ya forma parte de nuestras vidas.
Nos piden que nos quedemos en casa, que si es posible tele trabajemos, hagamos a nuestros hijos e hijas hacer las tareas desde casa y que no tengamos contacto con nadie, que salgamos lo justo para ir a comprar y precisamente, paradojas de la vida, son esas pantallas que nos alejan de nuestra familia en el día a día en cualquier reunión familiar las que ahora nos acercan a ellas, nos permiten verlas, hablarnos y estar en continua comunicación.
Y entonces es cuando nos damos cuenta de la importancia de no pensar de forma individual sino en el bien común de la comunidad, en la sociedad, en el país, cobrando especial y verdadero sentido el valor de la vecindad y de la solidaridad.
Se me vienen a la cabeza numerosas personas que conozco que actualmente están viviendo situaciones de autentica exclusión social, porque esta situación nos complica la vida todos y a todas pero creedme se ceban con los colectivos más vulnerables. Ahora es cuando el valor del sentimiento de pertenencia cobra su sentido real y es necesario ampararse en el apoyo de las redes y en lo comunitario para sobrevivir a esta situación tan dura para todos y todas.
Más allá de las cortinas están vecinos y vecinas, es el momento de dar y recibir esa solidaridad. Me acuerdo de la realidad de los barrios de las mujeres, de los niños y las niñas, de todo lo que se que sucede lo que me han contado en estos días de confinamiento de cómo la exclusión social se hace aun más extrema en estos días si cabe. El hecho de acceder a las plataformas educativas se convierte en un elemento que evidencia la pobreza invisible y la desigualdad de oportunidades al no poseer herramientas ni acceso para poder hacerlo.
El hecho de no poder realizar una gran compra porque no se cuenta con dinero suficiente para pagarla, implica salir diariamente a comprar lo justo. Muchas mujeres se encuentran solas con sus hijos e hijas, en esta situación más que nunca las redes de apoyo y solidaridad tejidas están mostrándose con más fuerza.
Me acuerdo de las víctimas de la violencia de género, de las múltiples formas de ejercer la violencia y de sufrirla, de los abusos y la desigualdad, casos de personas con diversidad funcional, de las personas mayores que viven en soledad y que no pueden afrontar el confinamiento de una manera digna.
PORQUE MIRAR DESDE LAS CORTINAS NO ES IGUAL PARA TODAS Y PARA TODOS,
PROYECTO KAY PACHA: ACCION COMUNITARIA EN BARRIOS DE ANDALUCIA Y MELILLA.
Carmen Rodríguez Leandro.
